Los siete sacramentos como órganos del Resucitado

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Comencemos constatando que el ser humano construye su ser natural sobre los tres reinos naturales inferiores: mineral, vegetal y animal. La piedra, lo mineral, tiene una existencia meramente espacial. En la planta, juega un rol decisivo el elemento temporal en el devenir y crecimiento. En el animal, aparece lo anímico como una nueva posibilidad. Estos mundos de espacio, tiempo y alma los lleva el ser humano también dentro de sí; a través del aprehender consciente del espíritu, los corona el Yo.

El Bautismo consagra la encarnación, aquel inconcebible paso de la existencia anímico-espiritual a la física-espacial. Pero este mundo terrenal ya no es sólo el “valle de lágrimas”; devino el ámbito de la Resurrección. La tierra tembló la mañana de Pascua, cuando en el cuerpo humano fue vencida la muerte. Esto da al bautismo su carácter especial: introduce al alma adecuadamente a la vida terrenal.

La Confirmación santifica el elemento temporal del devenir y el crecer. Eleva la juventud natural, transformándola en órgano que aprehende el eterno impulso renovador de la Resurrección.

El Sacramento del Yo ayuda al ser humano a ordenar su vida anímica. El hecho de que éste fluya del mundo de la Resurrección impide que domine desde afuera la vida interior; más bien es un llamado que quiere despertar las profundas fuerzas creativas en el alma.

En la Comunión, el ser humano recibe, en unión íntima con el Resucitado, su verdadero yo superior y así vivencia, hasta en cuerpo y sangre, la dignidad y consagración del ser “hombre”.

El ser humano, en su sucesiva evolución, transciende toda disensión y unilateralidad de su ser, para lograr la armonía de las distintas fuerzas y con ello, la perfección de lo humano. Entonces, lo espiritual ya no es, en ninguna parte, luz fría, pues está compenetrada totalmente del calor del alma; y lo anímico ya no es, en ninguna parte, sólo ardor no espiritual y oscuro, pues es totalmente transfigurado y purificado por la luz del espíritu. Este lograr la perfección de la naturaleza, como continuación del impulso de la Resurrección, se anuncia como presagio en el sacramento del anillo, en el Matrimonio. El Espíritu Santo cura toda disensión y conduce a la armonización de fuerzas.

Además, el ser humano está llamado a cultivar conscientemente el reino de la Resurrección, que crece en lo oculto. Así como la confirmación enseña a vivenciar este devenir y crecer superiores, la Consagración sacerdotal hace al ser humano servidor y cultivador del “jardín” que germina, de Pascua de Resurrección. Como jardinero de una vida de orden superior, el ser humano deviene revelación del Hijo Divino.

Matrimonio y Consagración sacerdotal no son sólo sacramentos que consagran un estado de vida, sino, como presagio de una humanidad más perfecta, significan mucho para aquellos no involucrados en forma directa.

Finalmente en la muerte, el hombre se encuentra con la majestad del Dios Padre. También la Última Unción, así como se celebra en la Comunidad de Cristianos, se halla en el resplandor de la Resurrección. No sólo ayuda al bien morir sino que deja vislumbrar, al mismo tiempo, una definitiva superación de la muerte que, al final de los ciclos de tiempos, se habrá hecho realidad.

(Fragmento extraído del libro “Los siete sacramentos en la historia de la cristiandad”, de Rudolf Frieling; pp. 22 –24, Editorial de la Comunidad de Cristianos, Buenos Aires, 2000)