Del rezar

Mucha gente acoge una obra sobre la oración con cierto prejuicio. Sobre ella precisamente –después de todo lo que se ha escuchado y experimentado desde niño- ya no se quiere saber nada. Si después de todo aún se considera necesario rezar, entonces sólo se hace como actitud íntima y privada del individuo. Cada cual se acomoda a su manera. “Sobre este tema no se conversa”.

Sin embargo, casi no existe nada más importante que pueda ocurrir.

Los efectos producidos por complejos psíquicos ocultos del ser humano, se vuelven sin cesar más notorios. En siglos pasados la oración ha servido, en gran medida, para aliviarse. ¿Y ahora?

El que escribe, ha observado a menudo, desde su cuarto en un sanatorio católico a monjas pasear rezando; el contenido de las oraciones no parecía estar mayormente presente en sus almas. Pero representaba para ellas un universo santo con el que estaban familiarizadas desde su juventud, que las abrazaba maternalmente, las trasponía a otra esfera y las serenaba, normalizaba y rodeaba de paz hasta en las recónditas profundidades de su existencia. Sus almas vibraban al unísono con los viejos ritmos santos de los rezos, liberándose y colmándose de gracia. Lo mismo se puede observar cuando una persona devota al estilo antiguo medita serenamente media hora en la iglesia ante el “Santísimo”. Agreguemos a eso la confesión.

¿Qué posee en cambio el “hombre moderno”?

Pero la situación se presenta aún más grave. El hombre actual fluye virtualmente hacia el exterior, se distrae exclusivamente en las exigencias de su profesión y de su existencia material.

De cuando en cuando divisamos una encina que extiende sus ramas en imponente anchura como para la eternidad y al día siguiente la encontramos derribada. De afuera no se advertía que el tronco carecía de corazón. Si hubiese tenido corazón no le habría afectado el temporal nocturno y el remezón sólo habría robustecido sus raíces.

En esta condición se halla el “hombre moderno”. Si no se consigue suministrarle fuerza nueva desde su propio interior, proveerlo otra vez de corazón; seguirán engañando las apariencias, seguirá perdiendo progresivamente capacidad para enfrentar las contingencias de la vida en los decenios y siglos venideros. Varias enfermedades nerviosas que están brotando presagian el peligro.

La situación es aún peor, pues ya no se trata del provecho personal sino del caso de la humanidad entera.

El hombre está destinado a volverse un ser espiritual. En los tiempos en que aún no había caído el uso de la oración, la persona que rezaba se sentía parte de un mundo invisible. Se situaba como espíritu ante espíritus, aunque se dirigía a un solo Dios. Se enrolaba en el grupo de aquellos que logran vivir en el espíritu. Aun cuando los aludidos personalmente reparaban poco en ello, aun cuando se trataba de evoluciones prolongadas: el hombre preparaba porvenir humano. También preparaba futuro propio. Porque después de la muerte es, sea como fuere, espíritu entre espíritus.

Y más aún él aprende a hablar en el mundo superior. Ahí ya no existen labios ni boca corporal. Ahí sólo existe el flujo comunicativo de ser a ser. Parecido a lo que presentimos en sueños. En una oración auténtica no sólo actúa la boca, sino que la esencia del hombre habla con la esencia de Dios. El que no aprende este hablar al menos en su forma rudimentaria, es mudo y sordo en el mundo superior. También vale poco en relación al porvenir espiritual del género humano.

Y más aún: En la oración aprende el hombre a actuar en el espíritu. Experimenta que los “pensamientos” son “fuerzas”. Incorpora su voluntad invisible al mando divino del universo. Empieza a comprender cómo obran los ángeles. Presiente y se posesiona de lo que le espera algún día. Percibe también en este entorno el futuro humano. Crea propio futuro.

Si es cierto o posible que el hombre se transforme en ser espiritual, si es cierto o posible que el hombre siga viviendo después de su muerte; entonces la oración es lo más importante que existe. Entonces el hombre vale, en lo esencial, tanto como su aptitud de rezar.

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(Fragmento extraído del libro “El Padrenuestro, un camino del devenir humano” de Friedrich Rittelmeyer; pp. 11-13, Editorial Comunidad de Cristianos, Lima, 2001)